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La Ley del mentalismo

La Ley del mentalismo

Se enuncia diciendo: "En el Todo, Todo es mental". Pero no en el sentido de un subjetivismo kantiano dieciochesco, donde se sostenga que lo único "real", objetivo, soy yo y que todo lo que me rodea es sólo producto de mi percepci ón y mi mente, seguramente subjetivo y posiblemente irreal.

Pero, ¿ustedes podrían decir dónde termina un tipo de agua y comienza la otra?. No, porque en un punto cualquiera el agua es más rápida y transparente que unos metros río abajo, pero todav ía más lenta y turbia que otro tanto río arriba... y así en progresión infinita.

Trescientos años atrás, los científicos creían que el Universo estaba poblado por distintos tipos de energías y de fuerzas. Que el calor nada tenía que ver con el magnetismo, ni éste con la electricidad, ni aquellos con la gravedad. Pero en el siglo XIX un físico inglés, Maxwell, descubrió que electricidad y magnetismo no son dos cosas distintas sino dos aspectos particulares de un mismo principio que él llamó electromagnetismo. Y esta reducción y unificación de fuerzas continuó al punto de que con el advenimiento de este siglo los físicos sostenían que sólo cuatro eran las fuerzas que interactuaban en el Cosmos: el electromagnetismo, la gravedad, la interacción nuclear débil y la interacción nuclear fuerte (estas dos últimas responsables de las relaciones atómicas entre sí). Pero aparece nuevamente Einstein -cuándo no- y enuncia la Teoría del Campo Unificado, tan maltratada por los escritores de ciencia ficción y tan poco comprendida por el público. Einstein teoriza que gravedad y electromagnetismo no son dos fuerzas distintas, sino dos manifestaciones específicas y particulares de un principio vinculado a la deformación geométrica del espacio, que a veces se presenta como electromagnetismo y a veces como gravedad. Es decir, unifica (de allí el término) en una sola teoría de campo ambas fuerzas, con lo que las universales quedan reducidas a tres.

Hasta que en 1985 un astrofísico inglés llamado Paul Davies afirma que aun estas tres fuerzas son sólo aspectos de una única universal, que él denomina Superfuerza.

Para que esto sea más entendible, imaginemos una gigantesca olla repleta de polenta mal preparada. En algunos lugares, está grumosa; en otros, l í quida. Más all á, tendrá una consistencia media. A golpe de vista, puede decirse que allá la materia es grumosa (sólida), aqu í muy l íquida y acullá intermedia, pero en definitiva todo es polenta. Así ocurre en el Universo.

Los entes a los que aludiéramos, en el astral y mental superior, o astral y mental inferior (las larvas astrales), los hombres y mujeres elevados, además de los planos mencionados, en el búddhico, etcétera.

Por supuesto, un lector escéptico -si ha sobrevivido a la lectura de estas líneas hasta aquí puede argumentar que esta disquisición, si se quiere filosóficamente aceptable, peca por un defecto: lo indemostrable de ciertos principios que aquí damos como ciertos, por ejemplo, la existencia del llamado "mundo astral". En efecto, ¿qué evidencia podemos aducir nosotros, los ocultistas, de que lo "astral" existe?. ¿Que hablar de "cuerpos astrales" o sucedáneos es más que un gratuito ejercicio de la imaginación?. Puedo aportar seguramente referencias de índole vivencial, místicas o paranormales pero, para un observador exterior al tema y objetivo, ¿cómo le demostraremos científicamente -una vez más- la existencia de lo astral?.

Es más fácil de lo que parece.

En 1988, astrofísicos norteamericanos descubrieron un fenómeno cósmico extrañí simo: estudiando la rotación de los cuerpos de nuestra galaxia (ese conglomerado de estrellas, espeso en el centro y raleado en la periferia, en uno de cuyos barrios suburbanos se encuentra nuestro Sistema Solar y que sabemos rota a gran velocidad en conjunto alrededor de su centro), observaron que los sistemas ubicados casi en el centro de aquélla demoran el mismo tiempo en completar una rotación que los ubicados cerca de la periferia, es decir, los que están más alejados.